No podía creer lo que veían mis ojos. Se había ido, sin mí.
No podía dejarlo ir sólo, corría un grave peligro. Desayuné rápidamente, y
entonces, tuve una gran idea. Me abrigué, cogí el fusil, y emprendí mi camino.
“No debe estar muy lejos” – pensé. “Hace poco rato que
marchó”.
Entonces vi huellas en el suelo. Había llovido esa noche, y
pues, la tierra se hundía. Esas huellas de zapatos me resultaban muy
familiares.
“¿Y si son de Dani?” – se me pasó por un segundo en la
cabeza.
Pensé en todos los bonitos recuerdos con él. Él fue quien me
salvo. Sus ojos y los míos conectaron cuando teníamos sólo 14 años. En ese
momento supe que el destino nos tenía unidos. Él lo era todo para mí, lo quería
tanto… Si él caía, yo también.
Oí gritos. Cerré los ojos. Me giré. Los abrí. Estaba
perdida.
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