Yo siempre había sido una chica normal, con mis rarezas y complicaciones.
Tenía doce años. Vivía en un pueblecito alejada de todo el mundo, de todas las
personas perfectas y engreídas.
- Isabella! – gritó mi madre. -Ha llamado tu amiga Emily.
- ¿Qué quiere?
- No lo sé, pero dice que vayas. Te está esperando a bajo,
en el sofá.
Bajé las escaleras y fui hacia la sala de estar. Allí
estaba.
- ¡Emily! –la abracé con todas mis fuerzas.
Había pasado el verano, y no nos habíamos visto desde
entonces.
- Y bueno… ¿Qué tal va todo?
- Como quieres que vaya… Desde lo que pasó ya nada va igual.
- ¿Qué? ¡Si tu vida es magnífica!
- ¿Por ser un bicho raro? –me mosqueé un poco.
- No. Ya veo que no te gusta hablar de eso.
Bajé la cabeza. No me gustaba que me repitiesen que mi vida
era tan magnífica… Porqué no lo era.
- ¿Cuándo piensas venirte a la ciudad? –me preguntó Emily.
- Nunca. Nunca voy a ir.
- Pero, ¿por qué? ¿No te encuentras solitaria aquí, sola con
tu madre? –insistió ella.
- Yo aquí estoy bien. Estoy alejada de las personas que te
pueden hacer daño, o pueden cogerme y tomarme como un monstruo. No me iré,
Emily. – mi cara cambió. Ahora, estaba más triste y mucho más convencida.
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