Una noche estaba haciendo una práctica en el laboratorio. Estaba
todo desordenado, estaban las mochilas sobre la mesa, había líquidos caídos por
el suelo… A mi derecha, vi un vaso que estaba abierto. Primero, apoyé la nariz
sobre la apertura del recipiente para olerlo y como no conseguía saber que tipo
de líquido era, lo probé con una cucharita tan pequeña como el dedo pequeño del
pie. Cuando acabé de ordenarlo todo, sentí una sensación indescriptible en la
boca, en los dientes… Notaba que mi mandíbula se hacía más grande a medida del
tiempo y que los dientes me hacían muchísimo daño. Pensé: “Esto debe ser del
crecimiento, como me dijo el dentista”.
Fui a casa, durante todo el camino con aquella sensación en
la boca. Era la hora de cenar, aunque no tenía hambre, cosa extraña, porque siempre
que llego a casa, la barriga se me queja, y ¡tengo mucha hambre!
En fin, me fui a dormir. Pasaron horas y horas… pero no me
podía dormir, era realmente estresante. Fui a ver que había de comer: un bistec
crudo (que todavía le caía la sangre), yogur, leche, flanes, lechuga, zumo de
frutas (mis preferidos) y pizzas. No sé por qué pero no me venía de gusto un
zumo, y preferí el bistec. Pero no comí un bistec hecho, me lo comí ¡crudo! Mmm…
¡Que bueno que estaba!
Buf! Ahora me sentía ¡muy atipada! Decidí ir a dar una
vuelta por el parque a relajarme. Con mis padres, nada de esto hubiera pasado,
pero el problema es que yo no tengo padres. Vivo con mi hermano Jan. Él siempre
está trabajando, nunca tiene suficiente tiempo para mí. Mi padre tuvo un
accidente de tráfico cuando yo sólo tenía dos años, ni siquiera me acuerdo. Mi
madre no aguanto la muerte de mi padre y se fue con él. ¡Perdón! Aún ni me
presentado, me llamo Abigaíl.
PD: Si hay algo que no hagáis entendido, decírmelo.
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